Hola, estoy grabando este vídeo porque hoy necesito hablar con mi yo interior, mi yo superior.
Muchas veces he sentido ese miedo que me paraliza y no es pereza ni falta de ganas, sino puro miedo al fracaso. Lo siento ahora mismo mientras grabo esto y sé que volveré a sentirlo en el futuro. Por eso estoy aquí grabando este momento para recordarme que ese miedo no es tan poderoso como parece cuando vuelva a visitarme.
Aquí estoy de nuevo, frente a mí mismo, como si me mirara en un espejo y pudiera ver más allá de mis ojos donde reconozco esa inquietud familiar. Es el miedo. No son excusas ni pereza. Es miedo al fracaso en su estado más puro. Me acuerdo de cuántas veces me he quedado paralizado. Cuántas ideas he dejado morir en mi cabeza sin darles una oportunidad. Son demasiadas. Incluso ahora mismo, mientras grabo esto, siento ese miedo. Pero hoy es diferente porque no voy a dejar que me controle.
Necesito grabar en mi memoria que este miedo no es tan poderoso como parece. Es solo una ilusión que yo mismo he creado. Cada vez que tengo un sueño o una idea, siento esa incomodidad porque mi mente conspira contra mí, mostrándome mil escenarios donde todo sale mal. Y lo peor es que le creo y me convenzo de que fallar sería el fin del mundo. Pero realmente fallar no sería tan catastrófico. Solo es mi percepción distorsionada.
El miedo que siento no es malo en sí mismo, es simplemente una emoción, un mecanismo de defensa donde mi cerebro actúa como ese amigo demasiado protector que quiere evitarme cualquier dolor, tratando una presentación de proyecto como si fuera un encuentro con un depredador. En el fondo, temo el rechazo, la humillación, la decepción. Temo lo que otros puedan pensar de mí y temo decepcionarme a mí mismo. La pregunta que me hago es si realmente es tan malo fracasar o lo que me asusta es lo que yo creo que significa fracasar.
No siempre fui así. No nací con este miedo. Cuando era niño, todo era diferente. Me caía, me levantaba y volví a intentarlo sin pensarlo dos veces, sin importarme hacerlo mal ni lo que pensaran los demás. Solo quería aprender, explorar y descubrir. Dibujaba sin preocuparme si era bueno o malo. Pronunciaba mal las palabras y seguía hablando sin parar. Probaba cosas nuevas sin miedo porque el fracaso ni siquiera existía en mi vocabulario.
Entonces, me pregunto qué pasó y en qué momento cambió todo. La semilla del miedo se plantó poco a poco. Quizás cuando todos se rieron de mi respuesta equivocada en el colegio o cuando me dijeron que no era lo suficientemente bueno o cuando empecé a compararme con otros y me sentí menos. Esa semilla creció como una planta venenosa que ahora envuelve mis pensamientos haciéndome creer que equivocarme era algo malo, que fallar significaba que yo era un fracaso.
Ahora, cada vez que quiero hacer algo importante, aparece esa voz con sus dudas y me dice que no lo lograré, que haré el ridículo, que confirmaré que no soy suficiente. Pero esa voz está mintiendo. Es solo el eco de viejas heridas, de cicatrices que ya deberían estar cerradas y no tiene derecho a decidir lo que puedo o no puedo hacer.
Quiero examinar este miedo pieza por pieza porque necesito entender por qué me afecta tanto. Mi cerebro es como un guardián demasiado celoso de su trabajo, programado para mantenerme a salvo y evitarme sufrimiento, pero se pasa de la raya viendo cualquier posibilidad de fallo como una amenaza mortal, haciéndome sentir que si algo no sale como esperaba, será el fin del mundo. Me envía todas esas señales de alarma, pulso acelerado, sudores fríos, nudo en el estómago. Pero el fracaso no es un león que va a devorarme, no es un peligro real, es solo una experiencia, un resultado posible que mi cerebro no comprende así porque es un amigo con buenas intenciones, pero demasiado dramático.
Y luego está la presión externa en un mundo que celebra la perfección y castiga el error, donde abro Instagram y veo vidas perfectas, éxitos constantes, sonrisas impecables, todo un escaparate de perfección que es solo una ilusión, una farsa colectiva que todos alimentamos. En la vida real todos tropezamos y fallamos, pero nadie lo muestra. Y cuando veo esa falsa perfección, mi mente me dice que si fallo me juzgarán, se reirán de mí, pensarán que soy incompetente y eso me paraliza.
Lo peor es que he mezclado lo que hago con lo que soy, creyendo que mis acciones me definen por completo, como si fallar en esto significara que yo soy un fracaso. Tan absurdo como pensar que un pintor que hace un mal cuadro deja de ser pintor o un músico que da una nota falsa deja de ser músico. Cuando aprendí a caminar me caía cientos de veces. Y esas caídas no significaban que fuera malo caminando, eran parte del proceso. Así que fallar no me define, sino que me enseña. Los fracasos no dicen quién soy, solo muestran dónde estoy en mi camino.
Así que el miedo al fracaso no es más que una mezcla de un cerebro sobreprotector, una sociedad obsesionada con la perfección y mi propia confusión entre lo que hago y lo que soy. Pero ninguna de estas cosas tienen derecho a dirigir mi vida. Porque el fracaso no es el final, es solo un capítulo en mi historia.
Antes de continuar, quiero aprovechar un momento para recordarte algo superimportante. Si este vídeo te está gustando y sientes que el contenido te está aportando valor, no olvides suscribirte al canal. Es una forma sencilla de apoyarme y de asegurarte que no te pierdes ninguno de los próximos vídeos. Además, en la descripción de este vídeo te he dejado un regalo especial, un enlace desde donde puedes descargar de forma totalmente gratuita mi kit de transformación personal. Estoy seguro de que te será de gran ayuda en tu camino de crecimiento. Dicho esto, sigamos con lo que estábamos hablando.
Me pregunto cómo superar este miedo. No se trata de eliminarlo por completo, pues sería imposible quizás contraproducente, sino entender que el miedo, en su justa medida, puede ser útil, ya que me mantiene alerta, me hace revisar mis planes y me empuja a mejorar. Pero no puede ser mi dueño ni decidir por mí. Tengo que aprender a manejarlo para que sea mi sirviente y no mi amo.
Lo primero es aceptar que sentir miedo es normal, es humano, es parte de mí y no me hace cobarde porque todos lo sienten, incluso esas personas que admiro y que parecen invencibles. Cuando empiezo algo nuevo, algo que nunca he hecho antes, es lógico sentir miedo porque estoy saliendo de mi zona segura haciéndolo desconocido. Y ese miedo no es señal de debilidad, sino de crecimiento. Porque si no lo sintiera, probablemente estaría estancado haciendo siempre lo mismo y siendo siempre el mismo. Así que cuando sienta ese miedo, me recordaré a mí mismo que está bien tenerlo porque significa que estoy avanzando, desafiándome y estando vivo.
Debo entender que fallar no es el fin del mundo, aunque a veces mi miedo sea tan grande, porque creo que si fallo todo estará perdido, pero eso es una mentira enorme. Fallar es solo parte del proceso, como aprender a montar en bicicleta donde al principio las caídas son inevitables. Me rasparé las rodillas, me golpearé los codos, quizás incluso sangre un poco, pero esas caídas no son fracasos, sino lecciones donde aprendo a equilibrarme mejor, a pedalear con más fluidez y a evitar obstáculos. Poco a poco las caídas ya no me dan tanto miedo porque sé que forman parte del aprendizaje, que me levantaré, me sacudiré el polvo y volveré a intentarlo con más conocimiento que antes.
Cuando falle, y fallaré porque todos fallamos, recordaré que no es un final, sino una oportunidad para aprender y hacerlo mejor la próxima vez. Porque el verdadero fracaso no es caer, sino no levantarse, es rendirse. Lo más importante, lo más difícil y a la vez lo más simple es dar el primer paso aunque tenga miedo, aunque no esté seguro, aunque sienta que no estoy preparado. No importa si es pequeño o torpe, lo importante es darlo, porque cuando actúo, cuando me muevo, el miedo empieza a hacerse más pequeño.
Es como entrar en una piscina fría donde al principio el agua parece helada e insoportable. Pero si meto un pie, luego el otro, y voy entrando poco a poco, el cuerpo se adapta y la temperatura ya no parece tan extrema. Con el miedo pasa igual. Cuanto más me enfrento a él, menos poder tiene sobre mí. Cada vez que lo confronto se hace un poco más pequeño, un poco menos intimidante.
Así que cuando sienta miedo me recordaré que está bien tenerlo, que fallar no es el fin del mundo y que lo más importante es dar el primer paso, porque cada paso que doy, por pequeño que sea, me acerca un poco más a lo que quiero lograr, como aprender a caminar otra vez, un paso, luego otro y otro más, hasta que antes de darme cuenta estaré corriendo y el miedo será solo un recuerdo lejano, un fantasma que ya no puede asustarme.
Estoy grabando esta conversación como un contrato conmigo mismo, un recordatorio de que el miedo al fracaso no es real, sino una construcción mental, una emoción pasajera, una niebla que distorsiona mi visión, pero que se disipa cuando me muevo a través de ella. Y no voy a permitir que me detenga. No, esta vez, no más.
Habrá días en que el miedo vuelva y sienta esa presión en el pecho, ese nudo en el estómago. Habrá momentos en que la voz de la duda susurre en mi oído, pero ya no la escucharé igual, ni le daré el poder de paralizar mis acciones, porque ahora conozco la verdad. El fracaso no me define. Caer es parte del camino y cada intento, exitoso o no, me acerca donde quiero estar.
Y si yo, mi futuro yo, estoy viendo esto porque he vuelto a sentir miedo, me recuerdo que no estoy solo porque todos lo sienten. Y la diferencia está en lo que hago con ese miedo, en si lo uso como excusa para quedarme quieto o como combustible para moverme. La decisión es mía, siempre ha sido mía. El verdadero fracaso no es fallar, sino no intentarlo. Es rendirse antes de empezar. Es dejar que el miedo dicte mi vida. Así que me levantaré, daré el primer paso, luego el siguiente y el siguiente después de ese. Y si caigo, me levantaré de nuevo, porque al final, cuando mire atrás, no me arrepentiré de los fracasos, sino de las veces que no lo intenté. No más excusas, no más retrasos. Es hora de actuar.